Salmos
Siete veces al día te alabo por tus justas leyes
Salmo 119:164
Primero
Asomarse al cielo sin juzgar olvido
y comenzar el día
entre lisonjas y terrones de sal humedecida.
Asomarse a la ventana y descubrir
—sin resentimiento—
a nuestros antepasados
volando bajo una nube
o por encima de un tejado azul o rojo o enmohecido
con la fuerza de un tren
que va dejando su rastro en el horizonte.
Una marquesina pone:
“Sin libre albedrío”
Segundo
El lugar donde no crece la hierba, lo ha pisado Atila.
El lugar donde no crece la hierba guarda sangre con gotas de
poesía.
Para explorarlo, hay que asomarse a la tierra
y esperar un pájaro
donde aniden metáforas.
Tercero
Hay días que, como lactantes, se cuelgan de los árboles en
rebozos de seda.
Se esconden en las rebanadas de pan que comemos,
en los columpios del parque.
Son cicatrices que alguien pinta en la pared de los instantes.
Tales días mejoran cuando las arrugas crecen y las manos
dejan ir, sin llanto ni perjuicio para nadie, las voces del
lamento.
Cuarto
Qué bien entiendo lo que dice esta luz sobre el tablero:
designios
el puntaje de los equipos en el juego.
Qué bien entiendo lo que dice esta luz,
las anotaciones hablan por sí mismas:
eternidad, historia, ciudades y bosques arrasados.
La conquista del mundo.
Quinto
Sospecho de los árboles una álgida caricia
en mis sueños.
Sus ramajes abren mis muslos a la plenitud del día
y me agito en un mar de trinos.
Sus hojas son otros ojos, los del paraíso,
y la serpiente muerde mi piel.
Despierto.
La semilla ha germinado
Sexto
Miles de velas se encienden sobre la hierba, Apolo se ha apia
dado de la tierra, y la muerte súbita anida en los cimientos de
la fe de nuestro tiempo.
El Oráculo de Delfos vaticinó la discordia del mundo: las
enfermedades se instalarían en la puerta trasera de este siglo
veintiuno.
Séptimo
Una balada se escribe con lluvia a la salida del día
y zigzaguea como caracol
en busca de su rastro.
Bajo el brillo de una montaña ardiendo
convergen los pensamientos de Dios
dos arcángeles esgrimen su legendaria autoridad
y usan sus flamígeras espadas.
La virtud del más fiel de los cantores
se escabulle entre las cinco líneas del aguacero.
Buenas tardes.
Gracias por estar aquí en la Casa de la Cultura Maripaz–Octavio Paz para acompañar la presentación de Tu madre es una luz que se propaga, de Lilia Ramírez.
Quiero comenzar de manera personal, porque mi lectura viene de un vínculo real: tengo poco más de un año tratando a Lilia de manera cercana. Ella imparte poesía en el proyecto cultural que coordino y, en ese contexto, he conocido su disciplina, su sensibilidad y su forma de mirar al mundo. Y, aun así, leer este poemario me produjo una sensación distinta: como si al leerla entrara a un cuarto que, aunque llevas tiempo conviviendo con alguien, no habías entrado nunca. Un cuarto íntimo, lleno de memoria, cuerpo, fe, familia y tiempo.
Quiero compartir lo que me dejó la lectura, cómo considero que se mueve este libro por dentro, en qué insiste, en dónde te cuestiona y en donde te ilumina.
El poemario abre con una primera parte que se presenta como “La metálica presencia del tiempo” y después despliega piezas que se sienten como parte del tiempo y de los elementos: “Noche”, “Agua”, “Fuego”, “Aire”, “Tierra”, “Mediodía”. Esa elección no es decorativa: el libro señala desde el inicio que lo humano se entiende mejor si lo miramos con lentes de materia: con el cuerpo, el clima, la oscuridad, el calor, la sequedad, lo que cambia.
En ese movimiento aparece una imagen que a mí me marcó: el tiempo como metal. No el tiempo como algo que pasa suave, sino como algo que pesa, que marca, que deja una huella casi física. En el poema “Mediodía”, la voz dice:
“la metálica presencia
del tiempo
se guarda en la caja de Pandora.”
Lo metálico es algo frío, pero contundente: el tiempo no es un concepto; es una presión. Sin embargo —esto es importante— el poema no se queda en el golpe; lo contiene en una imagen poderosa: la caja de Pandora. Escribir entonces es: no negar el peso, sino encapsularlo para mirarlo sin desmoronarse.
En esta primera estación, sentí que el libro permite la belleza, no para “embellecer” la vida; sino como método para sostenerla.
Continúa la sección titulada “Salmos”, que abre con una referencia explícita: “Siete veces al día te alabo por tus justas leyes”. A mí me interesó por que aquí la escritura usa lo espiritual como eje moral, como una disciplina interior.
En el “Primero”, por ejemplo, aparece una acción que a primera vista se nota simple: mirar hacia los antepasados sin resentimiento. Hacer eso es una decisión ética que implicó y sigue implicando mucho trabajo emocional a lo largo del tiempo. Ese primer salmo termina con un pequeño letrero, una marquesina: “Sin libre albedrío.”
Esa frase abre una pregunta que atraviesa el libro: ¿cuánto de lo que somos lo elegimos y cuánto nos elige? ¿Cuánto es destino, herencia, historia familiar? ¿Cuánto se nos impone y aun así tenemos que convertirlo en nuestra vida?
En el “Segundo” sucede algo que es la definición de poesía en un mundo herido, como lo es inevitablemente, este: se habla de un lugar que guarda sangre, pero también “gotas de poesía”, y se dice que para hallarla hay que asomarse a la tierra y esperar un pájaro donde aniden metáforas. Esa imagen me conmovió porque propone paciencia, atención, una esperanza trabajada. Como si el poema dijera: incluso cuando todo está manchado, la imaginación puede encontrar un punto de canto.
Más adelante, en el “Tercero”, llega una idea madura, sabía y sí, cabe la palabra sabiduría: hay días que “mejoran” cuando crecen las arrugas y las manos aprenden a soltar las voces del lamento. No se trata de negar lo vivido; se trata de dejarlo ir sin destruirte.
Esta sección es una estación interior: el libro respira distinto a. Hay una voz que ya no está probándose a sí misma; una voz que mira con lucidez al mundo que la rodea y elige la alabanza, elige la fe, elige la palabra.
La tercera parte es la que le da nombre al libro: “Tu madre es una luz que se propaga.”
Aquí el poemario se vuelve íntimo. Aparecen la madre, la abuela, la hermana… pero también aparece algo que considero uno de los logros del libro: el linaje completo. La autora comparte lo materno, pero también abre la línea paterna y la reconoce como parte de sí.
Me detengo en algo: “propagar” no es “brillar bonito”. Propagar implica transmisión, movimiento, insistencia; implica que esa luz atraviesa cansancio, pérdidas, historia familiar. Esta sección se lee tejiendo entre el poema y el lector.
Hay momentos donde esa historia familiar se cruza con lo público, con la violencia y con una pregunta: el poema imagina un corazón que viaja, un corazón robado tras un fusilamiento… y la voz pregunta si algo así podría repetirse hoy. En esta parte y otras la poesía hace lo que hace cuando es verdadera: interroga.
También hay escenas donde lo doméstico y lo sagrado conviven sin conflicto: una casa, un gesto, una oración, una memoria. Esa convivencia se siente real: así vive una persona la espiritualidad cuando la espiritualidad es costumbre íntima.
El libro logra algo difícil: acercarse a la propia historia con ternura y realidad: cuerpos que cambian, recuerdos que pesan, objetos que guardan vida. Ya para el cierre, hay una imagen devastadora por lo exacta, que entendemos todos aquellos que hemos perdido a alguien que amamos: la vida es un desorden que se revuelve cada semana —cosas que dan vida—, y la muerte es el día en que ese desorden queda ahí, intacto-. Esa persona ya no está.
Si tuviera que decir qué afirma este poemario afirmaría tres cosas:
- Que el tiempo tiene materia: pesa, marca, transforma, y por eso lo nombramos.
- Que la fe es una decisión íntima, una brújula que nos sostiene cuando lo humano tiembla.
- Que el linaje —lo materno y lo paterno— son una luz que alumbran lo íntimo y lo histórico y en esa convivencia se forma la identidad.
Regreso a mi lugar de lectora cercana: conocer a Lilia y leerla me dejó una enseñanza personal que llevaré conmigo mientras continúe en estos andares: Un, una artista escribe para ser verdadero, verdadera. Este libro lo sentí así porque no teme a lo oscuro ni a lo frágil, pero tampoco renuncia a la luz.
Lilia, gracias por tu obra. Gracias por tu voz. Gracias por seguir compartiendo y por invitarnos a entrar a ese cuarto íntimo donde el tiempo pesa, la fe sostiene y la madre ilumina.
Gracias a ustedes por escuchar.
Letras en su tinta.
