Hasta que el cacharro aguante

¿Qué hacemos con el cuerpo cuando empieza a pasar factura? Hasta que el cacharro aguante es un cuento ácido y entrañable sobre el desgaste, la resistencia y esa terquedad humana de seguir adelante aunque todo cruja. Una historia que, entre ironía y verdad, nos recuerda que nadie es de hierro… pero casi.

Quizás no te lo mencionaste, de poco sirve la angustia. No era un presagio, ni mucho menos una promesa, pero sabías que tarde o temprano estarías de regreso, esa cama esperaba solo por ti. Te lo tomaste con calma, con aparente tranquilidad. Sí, no mientas, te creíste libre, salvo, sano al fin. Pero algo en tu interior, eso que dicen que en realidad somos, ese personaje minúsculo que te visita en las noches y te susurra al oído cuando el dolor acecha y te punza el estómago y se concentra el taladro en un solo punto de tu cabeza y la pierna se engarrota y crees reventar. Dolores reflejos, lo escuchaste de un doctor hace tiempo. Sí, pero es algo más, el cacharro en que te has transformado desde dentro, como un volcán que emerge y arrasa sin misericordia el páncreas, el hígado, la sangre, las coyunturas, todo aquello que algún día fue sano, flexible, arrojado; insaciable, se apodera de tu cuerpo.

     Te observan las enfermeras con miradas de compasión o lo crees, aunque en realidad solo se ocupan de sus labores. Tú no importas más que el expediente que deben llenar de datos: presión, oxigenación, glucosa, peso… historia clínica. No más. Al término correrán al checador y ya la siguiente se encargará de continuar. Saludan, sonríen. No más. Nadie se acuerda si hace dos años estuviste en la misma u otra cama del tercer piso. Acaso el expediente. No más.

     Te sumerges en los recuerdos de las últimas operaciones. Observas tus manos, siempre te gustaron: delgadas, flexibles, con una línea que la atraviesa de oriente a poniente, signo de una larga vida te auguraron. Sonreías en la vanidad de tu juventud, cuando la vejez no existía más que para los rucos que nacieron así de añosos. Tus piernas de ciclista, de músculos largos, atravesadas por muchas líneas de cicatrices memorables. Te palpas el pecho y el vientre. Un cuerpo que conoció el amor y lo disfrutó con deleite. Sonríes al recordar tiempos buenos en que fuiste imprudente a la razón y la cordura. ¿Qué es lo que más extrañas? En este instante tal vez solo estar sano, ¿ser otro?, sí, el camillero que coquetea con la enfermera. Tienes razón.

     El piso, el mostrador, las sillas se mueven como si se acomodaran. Estás mareado. Calma, no hay necesidad de llamar a la enfermera por una pastilla. Espera, pasará como otras veces, solo concéntrate. Cierra los ojos, sostente del porta suero. Así, estás mejor. Mucho mejor, ¿verdad? No te alarmes. Toma asiento. Aquella enfermera te mira, salúdala con una sonrisa. Que no te note nervioso. Estás bien, ¡repite, estás bien! Sí, de acuerdo, estás nervioso, eso fue la causa de la presión y la glucosa y tu insomnio y el terrible calambre del tobillo y ahora este mareo. No necesitas admitirlo, de acuerdo, pero sí tomarlo con calma.

     ¿El tercer piso será para gente mayor? No, aunque parece. Hay un joven en el 310, otros son mayores y otros más, mayores en exceso… como tú. Te detienes en admirar la energía de las enfermeras, de los pasantes, de los doctores. Caminan sin bastón, giran como si la cintura no existiera, se agachan e incorporan con rapidez, toman la pluma sin temblor, llevan sus carpetas con gracia. No olvidan nada. Desgraciados, se ufanan de su juventud, se ríen silenciosos del dolor, son ignorantes del terrible peso de los años, no temen a la muerte que también les acecha, porque la vida es frágil para todos. ¡Imbéciles! “¡Me cago en ellos y su complacencia a nosotros!”, repites en tu mente y tu visión se llena de lucecitas… ¡No te sueltes, no te sueltes!

     Ya ni qué hablar de tus hermanos ─porque son hermanos de cama y de dolor─, ni de sus acompañantes que pronto seguirán estos caminos solitarios. Se nace y se muere en la soledad de la terrible, profunda y ensimismada existencia, donde se es uno solo con uno mismo. Estás solo. Lo sabes, eso siempre lo has sabido.

     Tus pensamientos divagan como si fuese un sueño, saltas de una idea a otra, quieres invocar algún rezo que se esfuma y regresas al inicio, no hilvanas razonamiento alguno. Estás de regreso en tu cama. El dolor de cabeza te despierta. Una enfermera te está vendando. La situación es peor. Tu pareja observa el procedimiento. Cierras lo ojos con vergüenza. ¿Hay algo peor que ser viejo, necio y orgulloso?

     No compliques las cosas. En un rato te operan y la vida volverá a la normalidad, regresarás a casa pronto y te recuperarás. Olvida tus absurdas preguntas. Hasta que este cacharro aguante. Sigue, sigue, sigue. Ya no cuentes tus años, ni hagas cálculos que si tus padres murieron a tales años y tú debes durar al menos eso; que si tus amigos ya se fueron o no se han ido. Esfuérzate solo en tu carril. Sí, es un riesgo, las operaciones son un riesgo, uno grave y terrible. Lo sabes, tu presión, tu glucosa, tus frágiles huesos, tu cerebro agotado… tu cuerpo lo saben y te lo gritan con ingratitud. Pero dime ¿Qué quieres hacer? ¿Qué puedes hacer? Levanta la mirada y repite conmigo: No puedo hacer nada, no hay nada qué hacer. Acaso esperar… Hasta que revientes, hasta que el mundo reviente contigo.

     Vienen por ti. Tu esposa te toma la mano. No le correspondes. Dices estar listo. No esperas que te pasen a la camilla, tú mismo te subes. La enfermera le guiña el ojo al camillero. Te llevan por los pasillos, el elevador, te reciben en las puertas del quirófano, allí le indican a tu esposa que le llamarán más tarde. Intenta lanzarte una amorosa mirada, pero ya no miras. Eso, concentrado.

     En el quirófano, observan el reporte de los monitoreos de la infame noche. Antes de proceder, la anestesióloga se adelanta para aclarar que no pueden operar en esas condiciones ─presión alta, baja oxigenación, glucosa con picos extremos─. “No me hago cargo”, aclara despectiva la muy desgraciada Preguntas si mañana o la siguiente semana, se cruza de brazos. Informarán más tarde. Te regresas a tu cama. Recomiendan un tratamiento de tres meses y luego valorarán.

     Estás molesto y al mismo tiempo respiras con angustiosa tranquilidad. La cirugía era un peligro, pero quizá podría detener los dolores del inútil y lastimoso cacharro en que te has convertido. Estabas listo, tenías el ánimo, repite que podrías enfrentarlo, que aún tienes la energía y la actitud. Repite conmigo. Hazlo, aunque solo alcances a pensar: Hasta que el cacharro aguante…

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