Es una tarde de primavera. Estás tumbado en el césped del parque mientras observas el cielo, que tiene un azul brillante. A lo lejos ves unas nubes grises, cargadas de agua —muy raras, por cierto, siendo primavera—, pero no les das demasiada importancia. Te incorporas y ves a una familia jugando con una pelota de un rojo intenso. A sus espaldas hay muchas flores de colores vibrantes, iluminadas por la luz del sol. Observas el césped: verde por aquí, un poco amarillo por allá.

Ahora te pones de pie y por la avenida pasa un auto color amarillo que llama la atención de todos los que están ahí porque es un deportivo. De repente, tu lado científico comienza a despertar —como en ocasiones anteriores— y te preguntas: ¿cómo es posible que puedas ver tantos colores?

Antes que nada, te explicaré algunas cosas que debes saber para entender cómo es posible que veas los colores.

Imagina que arrojas una roca a un lago o a un cubo de agua. Lo primero que notas son las ondas que se forman al entrar la roca en contacto con el agua. Esas ondas se propagan hasta que pierden fuerza y desaparecen.

Las ondas necesitan un medio para propagarse y tienen dos propiedades principales: longitud y frecuencia. La longitud indica qué tanto se extiende una onda, y la frecuencia, qué tan seguido se repiten esas ondulaciones. Estas ondas pueden transportar información o simplemente movimiento, como en el caso del agua.

En el espacio existe un campo llamado electromagnético. Es a través de este campo que la luz se propaga. Puede tratarse de la luz solar o de la luz de un foco: ambas se transmiten mediante este campo. La luz visible —la que podemos ver— tiene longitudes de onda que van de aproximadamente 380 a 760 nanómetros (una unidad de medida diminuta).

Para que puedas ver los colores, deben cumplirse tres condiciones: debe existir una fuente de luz (el sol, una lámpara, etc.), un objeto que reciba esa luz, y un observador —es decir, tú.

Algunos objetos absorben ciertas longitudes de onda de la luz y reflejan otras. La luz que reflejan se propaga de nuevo por el campo electromagnético, pero con una longitud y frecuencia diferente. A eso le llamamos color. En pocas palabras, cada color corresponde a una longitud y frecuencia de onda específicas. Los objetos reflejan las ondas que no absorben, y esas son las que percibimos como colores.

Un ejemplo claro está en los colores claros y oscuros: los objetos de colores claros parecen más brillantes porque reflejan casi toda la luz que reciben; en cambio, los objetos oscuros absorben la mayor parte de la luz y, por eso, se ven más apagados.

Ahora bien, en nuestros ojos tenemos tres tipos de conos que detectan las longitudes y frecuencias de luz reflejada por los objetos. Estos conos están conectados al nervio óptico, que lleva la información al cerebro. El cerebro, entonces, interpreta esa información y nos dice qué color estamos viendo.

Las personas que no poseen los tres tipos de conos no pueden ver todos los colores. A esto se le llama daltonismo. Seguramente has escuchado hablar de quienes lo padecen.

Bueno, mi querido lector, ahora lo sabes: los colores son longitudes y frecuencias de onda reflejadas por los objetos a partir de la luz que reciben —ya sea del sol o de un foco—, y nuestros ojos son los encargados de captar esa información para que nuestro cerebro nos diga qué color estamos viendo.

Nos vemos en el próximo artículo.

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Óscar Manuel Rodríguez Ochoa, » Luy»
Mexico, 1966
Caricaturista, con 43 años de trayectoria profesional.

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