Febrero vuelve puntual, cubierto de corazones, flores y promesas. El calendario insiste en recordarnos que es el mes del amor y la amistad, mientras las vitrinas y las redes sociales exhiben parejas felices, cenas perfectas y declaraciones públicas de afecto. Sin embargo, en medio de tanta celebración, surge una pregunta incómoda: ¿estamos celebrando el amor o solo el enamoramiento… y por qué, si estamos más conectados que nunca, nos sentimos cada vez más solos?

Vivimos en una época marcada por la hipercomunicación y la fragilidad de los vínculos. Las relaciones se inician con facilidad, pero también se descartan con rapidez. Se busca la intensidad, la emoción inmediata, la confirmación constante de que alguien nos desea. En ese contexto, el enamoramiento se vuelve un producto ideal: intenso, vertiginoso, breve.

El enamoramiento se siente en el cuerpo antes que en el pensamiento. Mariposas en el estómago, mensajes constantes, idealización del otro. No vemos a la persona tal como es, sino como queremos que sea. Como advertía José Ortega y Gasset, el enamoramiento es un estado de fascinación donde la realidad queda suspendida. No es casual que dure poco: se alimenta de proyección, no de conocimiento.

El problema no es enamorarse —esa experiencia sigue siendo una de las más luminosas de la vida—, sino confundir el enamoramiento con el amor y exigirle que dure lo que, por naturaleza, es transitorio. Cuando la intensidad baja, cuando aparece la diferencia, el aburrimiento o el conflicto, creemos que algo falló. Entonces huimos. Volvemos a empezar. Y así, paradójicamente, la búsqueda constante de amor produce más soledad.

El amor, a diferencia del enamoramiento, no es un arrebato: es una construcción. Implica tiempo, escucha, renuncia y responsabilidad emocional. Amar es sostener la presencia del otro cuando ya no idealizamos, cuando deja de ser perfecto o funcional a nuestras expectativas. En palabras de Erich Fromm, “amar es un acto de voluntad, una decisión que se toma a pesar de las fluctuaciones del sentimiento” (El arte de amar).

En una sociedad que privilegia la gratificación inmediata y el “si no suma, resta”, el amor se vuelve casi un acto contracultural. Requiere paciencia en un mundo acelerado, profundidad en una cultura de lo superficial, compromiso en una época que glorifica la libertad sin vínculo.

El filósofo Zygmunt Bauman habló de “amor líquido” para describir relaciones frágiles, fácilmente desechables, diseñadas para no incomodar demasiado. Queremos cercanía sin dependencia, intimidad sin riesgo, compañía sin responsabilidad. El resultado: vínculos débiles y una sensación persistente de vacío.

Quizá por eso celebramos tanto el enamoramiento: porque no exige demasiado. Porque promete sin comprometer. Porque se puede mostrar, fotografiar y compartir. El amor, en cambio, sucede lejos del espectáculo. En lo cotidiano, en el conflicto trabajado, en el cuidado silencioso.

Amar no es perderse en el otro ni usarlo como refugio contra la soledad. Amar es hacerse cargo de uno mismo para poder encontrarse con alguien más. No elimina la soledad, pero la vuelve habitable.

Tal vez este febrero no se trate solo de flores y cenas románticas, sino de preguntarnos:

  • ¿Busco amor o solo confirmación?
  • ¿Prefiero la intensidad porque temo la profundidad?
  • ¿Qué tipo de vínculos estoy dispuesto a sostener cuando la emoción se apaga?

Porque el verdadero amor se construye —o se evita— todos los días.

Redes Sociales

Tu sexóloga de cabecera

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Caricatura de Febrero

Óscar Manuel Rodríguez Ochoa, » Luy»
Mexico, 1966
Caricaturista, con 43 años de trayectoria profesional.

Sus caricaturas de publican en los cinco continentes del mundo mediante más de 1, 500 medios informativos tanto a través de más de 40 agencias internacionales como de forma particular y exclusiva.

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