Mira la maleta de Blas y no puede creerlo. No eran amigos porque esa palabra no existía en aquellas tierras recién descubiertas, quizá tampoco en el reino de Castilla. No significa una pena por su compañero perdido, tal vez muerto o apresado por esos perros indios que en este momento lo estarán martirizando o preparando para sacrificio de sus malditos dioses. Es miedo. Las manos y el resto del cuerpo, engarrotado por la lluvia, tiemblan. Toca la pechera y la inquieta y nerviosa sonrisa adivina el oro escondido, metido entre su coraza y el espaldar metálico. ¿Qué hubiese sido de él de haber caído al lago?, pero ¿qué sería de él sin su nuevo tesoro? Porque todo está perdido y no hay vuelta atrás.
Bernal mira con recelo a los otros indios que los acompañan. ¡Malditos perros ladinos! No hay a cuál irle. Allá, sus demás compañeros, Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Olid, Cortés, su capitán… derrotados, humillados, heridos, casi muertos. Muchos muertos. Ahogados con el peso de su ambición. Los atacaron por los dos flancos, ni cómo defenderse. ¿Cuántos eran, cuántas canoas, cuántas flechas y piedras, cuántas mujeres gritaron que estaban huyendo, cuántos puentes cruzaron? Hace recuento de todo y lo anota en su memoria. ¿De quién fue la idea de salir? Resultó una terrible aventura, pero quedarse era morir como ratas en un barril de estiércol. ¡Los malditos tambores y el espantoso berrido del caracol eran insoportables! Aún los escucha y le retumban en la cabeza como una pesadilla.
¿Qué contendrá la maleta de Blas? La pregunta le da vueltas como un rugido en su mente. ¿Oro, piedras preciosas o sus cosas extrañas que él ocultaba? Es posible que se haya retrasado, siguen llegando hombres al punto de encuentro en tierra firme. Le encargan al capitán Cristobal de Olid que informe de las bajas. Él sabrá si Blas sigue en este mundo: para qué molestarse en buscarlo. La maleta pesa no mucho, serán algunas joyas valiosas, escogidas por la mirada de un experto, quizá… Se puede palpar un objeto de nobles dimensiones.
Blas era un soldado especial, tranquilo, no tan arrojado y altanero como Alvarado, pero tampoco sumiso como Juan Jaramillo. Inteligente. Sabía de letras, también. Cuando descubrieron el tesoro donde los hospedaron, él se dirigió a las gemas, como si adivinara que eran más valiosas que el oro que fundían los demás. Cortés le tenía respeto y también un poco de miedo, se notaba. Le habló de la llegada de Pánfilo de Narváez antes de la misiva de Gonzalo y le propuso a Alvarado que pidiera su regreso con urgencia, luego de que le hubiese sugerido calmar sus ambiciones, pero no escuchó más que su propia voz y se suscitó la masacre del templo mayor.
¿Quién era Blas Botello?, un enigma que los hombres de esa feroz campaña rehuían, pero que no fue denunciado como nigromante. Un hombre que Cortés desaprobaba porque no parecía albergar mucha fe en el Dios verdadero, como sus otros hombres. Pero que, por las noches, solicitaba su compañía con más frecuencia que la de cualquiera de sus capitanes o de las mujeres que les otorgaron. Parecían hacer planes sobre el futuro. “Como si lo conocieran. Tontos”. Pensó.
Pregunta y le informan sobre el paradero de Blas.
─¿Quién, Blas? No, Bernal. Ese condenado brujo ya no anda en estas malditas tierras… Te puedes quedar con esa maleta que traes escondida… y que te aseguro nadie quiere.
Lo mira con rencor. Antes de que pueda echar un vistazo escucha los gritos para que sigan avanzando. Amanece. La meta es ir al norte, hacia “Tlaxcallan”. Escucha al capitán Hernán Cortés preguntar por Blas Botello, le informan que lo vieron caer al lago. Medita con tristeza. Ya no tendrá con quién consultar el futuro. Mira su espada, su armadura o lo que queda de ella. No trae oro. Solicita que los constructores de navíos que venían con Narváez se acerquen, así como un soldado (Alonso García Bravo), conocedor en el arte de hacer trazos y mediciones.
Bernal no se puede imaginar qué habrá platicado con esos personajes dedicados a construir barcos y trazar planos. Está embebido en la maleta de cuero. Antes de prepararse para la siguiente batalla descubre el contenido: ¡basura de astrólogo! Maldice mientras la arroja con furia. Cortés lo observa con malicia y ríe de su ingenuidad. Conocía su contenido. Era inútil llevarse tesoro alguno para lo que sabía que vendría. Recuerda su última conversación:
─¿Y dices que si no salimos esta misma noche no saldremos nunca?
─No saldremos con vida, capitán.
─¿Y si salimos, sobreviviremos?
─Quizá no todos…
“Maldito Blas, maldito hereje”. Antes de dirigirse a la siguiente batalla, observa el cielo como si supiera que está destinado a sobrevivir a todas las guerras y a todos los tiempos que estaban por venir en las nuevas tierras allende el mar. ¿Una profecía más de Blas Botello?
