Ya nos sabemos las historias de amor “de siempre”. Casi todas parten del mismo lugar: Romeo y Julieta. Amor joven, desbordado, contra todo y contra todos. El molde está ahí y lo hemos visto mil veces.

Pero este artículo va por otro lado. Habla del amor que avanza desde la diferencia y no logra borrarla.
No todos los amores quieren durar.
Algunos solo quieren existir, aunque incomoden.

Estos amores no pretenden armar una vida en común ni aspiran a un “Y vivieron felices para siempre”.
Nacen desde lo no coincidente, lo incómodo, lo doloroso. Y aun así, ahí —justo ahí— surge algo verdadero.

Por eso estas historias no se dirigen a la plenitud, sino al borde.
El final no es un error: es consumación.

Amar para morir: el sacrificio amoroso

En estas historias el amor no explota ni exige: solo se entrega, aunque eso implique la propia extinción. No se pelea con el mundo. Al contrario: se aparta. Aquí, amar no es imponerse, es dejar espacio… hasta desaparecer.

En Breaking the Waves (1996), amar significa desaparecer. El cuerpo se vuelve ofrenda, el deseo se confunde con fe y la entrega ya no distingue entre amor y castigo. No hay redención clara ni final luminoso: hay martirio. El amor se mide por cuánto se está dispuesto a perder.

La cornisa (2011) lleva esta idea a un punto todavía más seco. Aquí amar es saber que nunca se ocupará un lugar. Amar es saber callar. La muerte no llega como clímax, sino como el resultado lógico de una renuncia casi secreta, casi sin testigos.

En Der blaue Engel (El ángel azul, 1930), el sacrificio no pasa tanto por el cuerpo como por la identidad. Amar implica perder prestigio, dignidad, forma. Dejarse caer. El amor no eleva: arrastra. Y aun así, el personaje sigue ahí, no por ceguera, sino porque ya no puede existir fuera de ese vínculo.

En estas historias, la muerte no castiga. Comprueba, porque morir —o aceptar la propia desaparición— es la forma extrema de decir: esto era amor.

Amor, adicción y Eros que destruye

Aquí el amor no se enfrenta a la muerte.
La hospeda.

No llega como golpe ni como sacrificio final. Amar, en estos casos, no es salvar: es quedarse cuando la pérdida ya empezó.

Leaving Las Vegas (1995) muestra que amar es aceptar que el otro va a destruirse. No hay ilusión de rescate. El vínculo no cura ni corrige. Amar es acompañar una muerte anunciada sin pedirle al amor que haga milagros.

En Requiem for a Dream (2000), el amor no acompaña la caída: cae con ella. No hay cuidado ni permanencia posible porque el deseo ya no se dirige al otro, sino a la sustancia. El Eros no convive con la enfermedad: se vuelve enfermedad.

Aquí Eros no pelea contra Thánatos.
Viven juntos.

El amor no promete salvación: ofrece presencia.
No ofrece eternidad: ofrece compañía.

Amar no es vencer la muerte.
Es vivir con ella.

Amores fantasmas

Hay amores que no terminan cuando alguien muere.
Solo cambian de estado.

El cuerpo desaparece, pero el vínculo persiste como recuerdo, como duelo, como obsesión. El amor deja de vivirse en presente: se repite, se invoca, se deforma. El cine se vuelve el espacio donde ese amor puede seguir existiendo, aunque sea de manera imposible.

En Vertigo (1958), el amor sobrevive como error. No se ama a una persona, sino a una imagen. El deseo insiste más allá de la muerte, incapaz de aceptar la pérdida.

En All of Us Strangers (2023), los muertos regresan para abrir heridas, no para cerrarlas. El amor vuelve con una ternura que duele: lo no vivido también reclama su lugar.

Correspondence (2016) trabaja el vínculo desde el desfasaje. Amar es hablarle a alguien que no está —o que nunca estuvo del todo—. El amor se vuelve espectral, suspendido.

Aquí amar no es compartir la vida.
Es convivir con el fantasma.

El amor de los etéreos: cuando se pierden las alas

Hay amores que no nacen entre iguales.
Uno de los dos viene de otro lugar.

Ángeles, espíritus, presencias sin cuerpo. Figuras que no deberían amar porque amar implica tiempo, desgaste, límite. Y aun así, eligen hacerlo.

En Der Himmel über Berlin (En las alas del deseo, 1987), amar es una caída voluntaria. El ángel renuncia a la eternidad para habitar el peso del mundo. Perder las alas no es castigo: es elección.

Angela (1995) lleva esa tensión a lo íntimo: amar es dejar de mirar desde fuera y entrar en la escena. Volverse vulnerable.

En What Dreams May Come (Más allá de los sueños, 1998), el amor no acepta la separación ni siquiera después de la muerte. Amar es insistir, aun a riesgo de perderse del todo.

Aquí el amor no desafía a la muerte ni la vence.
La suspende.
Por un instante.

En estas películas, el séptimo arte no pretende enseñarnos a amar mejor.
Ni ofrece modelos o respuestas.
Sus historias hacen algo que es más incómodo:
nos muestran qué pasa cuando el amor no encaja, no salva, no dura, no se resuelve.
Cuando amar implica perder, ceder, esperar, desaparecer un poco.
Cuando no hay promesa de futuro, pero aun así se elige quedarse.
No nos dicen cómo amar,
sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar.

 

 

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Óscar Manuel Rodríguez Ochoa, » Luy»
Mexico, 1966
Caricaturista, con 43 años de trayectoria profesional.

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