Después de asistir al estreno, me sorprendieron las múltiples críticas.
No entiendo mucho de ellas: se hacen, en su mayoría, desde un pedestal ─y esto va para el resto de las artes─. El crítico de cine no es el más creativo, porque quienes están haciendo su arte no tienen tiempo de estar juzgando.

El otro grupo, al cual me adjunto gustosa, es el de los estudiosos: los que hacemos un análisis que también puede ser crítico, pero que tiene un origen opuesto. La admiración por quien se atreve a vivir por y para el arte. Eso será siempre superior a cualquier juicio, eso es Drácula.

Manual rápido para criticar al crítico

Dicen que este Drácula bessoniano es una caricatura del de Coppola.
Creo que es, más bien, un homenaje actualizado. Ese es, para mí, el gran acierto de esta versión: lograr cautivar a las nuevas generaciones. Besson ha disparado con todo: Coppola, El perfume, ¡Danny Elfman! Porque es obvio que en esta época ni Coppola puede ser Coppola (me refiero a los comentarios adversos que recibió con Megalópolis).

Se quejan de la risa, que parece más un ahogo.
Pero, ¡qué cosa curiosa! Según vamos entrando en años, es más fácil que una risa termine en tos… ¿Qué esperar, entonces, de un ser que ha vivido centurias?

De la estaca a las flores

Maravilloso director, Besson ha sabido presentar un Drácula que homenajea a sus antecesores al tiempo que ofrece una versión apta para las nuevas generaciones. Y quizá eso es lo que incomodó a los puristas: este Vlad contemporáneo pone a bailar a sus seducidos, desborda frescura y, además, sentido del humor.

¡La actuación de Caleb Landry Jones es tan enorme como entrañable! Igual que la de sus coprotagonistas: Christoph Waltz, Zoë Saldana, Matilda De Angelis… por nombrar solo a los principales. ¡Qué constelación! ¡Qué química!

Danny Elfman, cuya personalidad musical es inconfundible, da una verdadera cátedra de cómo se musicaliza una película: colorea cada escena con precisión, y sus variaciones son, literalmente, “para morirse”.

No me extiendo en detalles que pudieran arruinar la experiencia de quien quiera disfrutarla (no me gusta la palabra spoiler). Aún se exhibe en salas de cine.

Drácula es una historia de amor que atraviesa el tiempo. Es una versión original e imitativa en sus propios términos y, sobre todo, está hecha para disfrutarse en la pantalla grande.

En tiempos en que el cine atraviesa una crisis y parece necesitar más espectadores que críticos, Dracula: A Love Tale se levanta como una joya imprescindible. Una joya porque logra recordarnos lo esencial: que el cine está hecho para mirarse, sentirse y compartirse en la oscuridad de una sala, no para disecarse en columnas severas. Es bellísima, una obra de arte en movimiento. Y eso, hoy más que nunca, es motivo suficiente para celebrarla.

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Óscar Manuel Rodríguez Ochoa, » Luy»
Mexico, 1966
Caricaturista, con 43 años de trayectoria profesional.

Sus caricaturas de publican en los cinco continentes del mundo mediante más de 1, 500 medios informativos tanto a través de más de 40 agencias internacionales como de forma particular y exclusiva.

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