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Una fiesta adolescente sacude la casa heredada. Meses después, al abrir el trinchador, la narradora descubre que la pertenencia también se construye con pérdidas: a veces, para habitar un lugar, hay que romper con lo que se veneraba.

La fiesta resultó un éxito: no cabía un adolescente más en la casa. Mi esposo y yo decidimos hacerla de cadeneros: revisamos mochilas y confiscamos botellas. La consigna era sencilla: si sales, no puedes volver a entrar; así evitábamos que visitaran el Oxxo a media cuadra.

Mi hija y sus amigas se comprometieron a subir la inmensa cantidad de adornos heredados de la época en que mi abuela vivió ahí. En algún momento entré a verificar la situación y las encontré bailando sobre el trinchador, dirigiendo al resto del grupo desde arriba. Sonreí ante lo bien que la pasaban.

Meses después, tuvimos invitados y decidí sacar la vajilla de lujo. Esa que mi abuela dijo que sería para la primera nieta que se casara, promesa que no se cumplió. Me correspondió a mí, junto con la casa y sus recuerdos.

Al abrir el trinchador, la vajilla estaba hecha añicos. Los fragmentos brillaban en el fondo: parecía que alguien hubiera dejado caer lentejuelas de varios colores. Entonces volvió, como una ráfaga, la imagen de las cuatro adolescentes bailando sobre él.

No pregunté nada. Salí a comprar una vajilla que me gustara. En la noche, después de la reunión, al guardarla, sentí que la casa empezaba a ser mía.

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