El valor de la marca

¿Cuánto vale un nombre? ¿Y qué sucede cuando lo que creemos ser depende de la etiqueta que llevamos encima? El valor de la marca es un cuento filoso con nuestras obsesiones contemporáneas.

Mi vida era tan apacible hasta apareció ella. Se me quedó mirando con insistencia a través de los cristales del aparador. Tal vez la curiosidad de comprobar la belleza de mi estilo y la originalidad de mi marca, la hizo entrar a la tienda para revisar mi forma y fondo. La suavidad de mi piel en sus manos y mi aroma a nuevo, hicieron que se quedara pensativa. Luego, me volvió a colocar en el mismo anaquel para seguir mi rutina de modelaje.

Un suspiro profundo se escapó de mi tapa. No quería separarme de mis amigas porque éramos muy unidas. Todas habíamos llegado a la boutique el mismo día y nos habían puesto en los mejores aparadores de la tienda. Durante la noche, cuando ponían las alarmas y apagaban la luz, nosotras platicábamos de los empleados, del dueño y de las personas que habíamos visto en el día. Luego nos dormíamos.

Como a las diez de la mañana llegaban las encargadas y nos tocaba limpieza. Después de limpiarnos nos rolaban de sitio y nuevamente estábamos expuestas a la mirada curiosa o interesada de algunas mujeres que iban con la intención de comprarnos, pero al ver nuestros precios, se iban decepcionadas. Mis compañeras eran hermosas y elegantes; a mi lado una Prada al hombro de cara tersa y muy sexy se erguía hermosa y al otro lado de mí,  una Gucci morena con flequillo se imponía llamativa,  más mi diseño y calidad eran únicos, sobre todo por mi color mandarina con distintivos negros que me hacía sumamente llamativa. Por supuesto que la marca Louis Vuitton me hacía más codiciable, ya que yo era parte de su última colección.

Una mujer alta, delgada y bien vestida, que ya había visto en otra ocasión, entró por la tarde a la tienda, y un presentimiento me hizo sentir intranquila. En el momento en que vino hacia mí, supe que era la chica del día anterior. Aquella que me estuvo observando con atención y no perdía detalle de mi línea, y que yo no recordaba.

Se detuvo de nuevo frente a mí; me sostuvo y giró mi broche con seguridad. Tocó el forro acojinado de mi interior y hurgó mis bolsitas secretas una y otra vez. Sus dedos cálidos recorrieron mi cierre intermedio que se deslizó suave como un suspiro. Midió el largo y el ancho de mi tamaño y al final revisó la resistencia de mi correa, cerró nuevamente el broche y me llevó directo a la caja. Me puse a temblar y miré de reojo a mis amigas, pero todo fue inútil. La chica sacó de su cartera una tarjeta de crédito y pagó sin remilgar. Me pusieron en una bolsa más grande de tela afranelada y encima otra bolsa de plástico muy fina y biodegradable. De ahí, todo me fue oscuro.

Me subieron en un auto que olía a flores secas rumbo a una colonia desconocida. La muchacha le dijo al chofer que utilizara la ruta más corta. Yo no podía ver nada, pero sentía cada tope que pasábamos. Una música suave y relajante me tranquilizó. Pasados unos treinta minutos se estacionó el auto. La chica me tomó y abrió una puerta y al entrar me puso sobre algo sólido. Me quedé quieta. Escuché que llamó a un hombre y frente a él me sacó de la envoltura en señal de triunfo o así lo sentí. El esposo o lo que fuera, le dijo que yo estaba: “muy mona”. Luego le dio un beso y yo cerré los ojos.

De entre los muebles apareció un gato gordo, que de un brinco saltó para verme y hurgar en mi interior y a frotar sus sucios colmillos en mí. Soporté como las valientes sus pelos asquerosos y su aroma nauseabundo, justo en el momento en que en que yo quería estornudar, hasta que la chica acudió en mi auxilio y lo abrazó llamándole: “peluchito mío deja mi compra”.

La joven pareja se puso a cenar y la chica me depositó sobre una mesita de centro. La noche estaba tranquila y la luna se veía reflejada por la ventana. Mi nueva casa estaba bellísima, con un enorme jardín y una alberca. Justo lo que merecía mi clase. En cuanto a la estancia, estaba bien amueblada y espaciosa. Me sentí contenta de pertenecer a una familia bien.

Lo único que me molestaba era el acoso del gato que me mantenía intranquila por el miedo de que volviera a molestarme. Cuando terminaron de cenar los esposos, la chica me llevó a su recámara y ahí, sobre la colcha, vació todo el contenido de una Guess ojerosa y holgada por el uso.

―¡Ahora te toca a ti cargar todo lo que yo cargaba!― dijo desvaneciéndose sobre la cama.

―O sea, yo soy de marca y no creo ser igual que tú, ¡ubícate! ―le dije a la anciana.

En eso entró el hombre y dijo:

―Ahora, ¿qué vas a hacer con esta? ―señalando a la bolsa vieja y recostándose a un lado de la joven y haciendo a un lado a la vieja Coache.

―Pues… tal vez la regale o la tire, ¿tú qué crees?

La mujer hizo un gesto y tomó a la vieja y cansada bolsa, y la puso sobre el cesto de basura. La Coache cerró los ojos y una lágrima asomó por su abertura. Yo estaba segura de no correr la misma suerte porque yo era de marca prestigiada como antes dije y mi dueña, no me iba a dar el mismo trato. Y en efecto, mi vida era tranquila, la chica tenía otras bolsas de colección y pasé a ser la número uno.

―¡Oh!, qué espectacular! ―me dijeron una Prada y una Cristian Dior como bienvenida y sonreía como si estuviera en pasarela luciendo con Kaly Jener.

Me sentía tan bien acogida que poco a poco deje de extrañar a mis compañeras de aparador.

Una tarde entró Carola, que así se llamaba mi dueña, sumamente elegante con un vestido rojo descubierto de la espalda. Me eligió de entre todas y guardó unas llaves, su polvera, un lápiz labial, unas toallitas húmedas y unas pastillas de menta y nos fuimos a un antro. Yo lucía increíble.

Las amigas de Carola eran mujeres de clase, bien vestidas, sumamente finas y se deshicieron en halagos hacia mí, alagando el buen gusto de mi dueña. Las horas empezaron a pasar y junto la diversión; Carola y sus amigas tomaban shots a cada momento y yo reía feliz. Luego bailaron extasiadas. El personal que servía los tragos también estaba fascinado, pero note que alguien me observaba nervioso. No le di importancia.

Mientras las chicas bailaban nos dejaron a todas nosotras confiadas en unos asientos y ahí me puse a platicar con una Chanel. De pronto, un mesero con la rapidez de un mago, me cubrió con un delantal maloliente y me alejaba del ruido. Mi cuerpo temblaba y por un momento me faltó el aire. Cada vez más se perdía el bullicio y de pronto fui lanzada con fuerza a un lugar desconocido, algo así como un auto, que escuché se cerraba. Pasó no sé cuánto tiempo entre la zozobra y el miedo.

En realidad no supe la reacción de mi dueña y sus amigas. Y si llegó o no la policía, no sé. Yo tenía un valor de cien mil pesos, no era cualquier cosa.

Ahí estuve durante un buen tiempo, hasta que escuché que el auto arrancaba. Y después de una media hora, el auto se estacionó y escuché que dos personas hablaban.

―¡Es Luis Vuitton! Se ve muy buena, ¿cuánto me da por ella? ― le dijo un tipo a otro mientras me quitaba el trapo de encima y me mostraba a la luz de un foco callejero.

―¡Me vale que sea de Luis no se qué!, ¿cuánto quieres por ella? ―dijo un tipo bigotón y mal encarado.

―¡Pues, ha de valer unos veinte mil pesos! ―contestó viendo que solo traía pura porquería adentro.

Estuve a punto de desmayarme al escuchar a esos sátrapas, salta pa atrás, y todos los adjetivos abominables que me sabía y que aprendí en un libro de cuentos que leían en la primera tienda en que estuve.

―¿Tengo diez mil, los quieres o no? ―le dijo en tono de ultimátum, sacando una cartera fea y maloliente. El hombre aceptó.

En el acto quise morirme. ¿Qué sería de mí ahora? El tipo que se quedó conmigo me volvió a aventar a un rincón de su auto. Estaba oscuro y hacía frío. Entonces me puse a llorar igual que la vieja Coach.

Ya no supe más de mi dueña. Me consume el hecho de saber si me buscaron o no; nunca lo sabré. Quedé huérfana en manos de un insensible sujeto. Pero lo malo es que yo no era la única, otras se encontraban en la misma situación que yo.

―¡Quiubo!, mi reina ―se atrevió a decirme un morral gamusiento casi negro.

―¿What? O sea ―contesté admirada del atrevimiento del morralejo que se dirigía a mí.

De nada servía mi distinción, ni mi clase; la mayoría se reía de mí. Fui cayendo poco a poco de una desgracia a otra. La gente no conocía de moda pero sí de utilidad y me fue desechando conforme pasaba el tiempo. Llorar no fue suficiente. Muy lejos estaba de mis años de luz cuando era la envidia del aparador de las bolsas.

He perdido la línea y luzco desmejorada. A la dueña del tianguis le urge venderme porque necesita dinero. El precio que pide es de quinientos pesos. Estoy un poco sucia, con un raspón de un lado y con la esperanza de que a alguien todavía le interese al menos la marca y me quiera aunque esté estropeada y parezca vieja.

 

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