Después del ruido, de los discursos optimistas y de las promesas de reinicio, este número de La Plaza propone algo menos cómodo y más necesario: mirar de frente el presente que habitamos, con sus capas de memoria, deseo, violencia, creación y riesgo.
Los textos que conforman esta edición no buscan unificar respuestas, sino tensar preguntas. ¿Cómo se construye una vida cuando el pasado no termina de irse? ¿Qué hacemos con el deseo cuando no encaja en la norma? ¿Desde dónde se escribe cuando el cuerpo ha sido herido? ¿Qué significa avanzar cuando el progreso también excluye?
La entrevista a Alicia Flores abre una grieta luminosa en ese panorama. Su recorrido vital —dos vidas que no se anulan sino que se continúan— cuestiona la idea de que la escritura pertenece solo a la juventud o a la inspiración repentina. Aquí, escribir es disciplina, escucha y decisión tardía pero irrevocable. La literatura aparece como un territorio ganado con constancia, no como un adorno de la experiencia, sino como una forma de sentido.
La memoria histórica atraviesa el número como una fuerza activa. La noche que detuvo la conquista y Variaciones de La Mulata de Córdoba reescriben el pasado desde la derrota, la persecución y la resistencia. No se trata de nostalgia ni de erudición, sino de comprender que la historia oficial siempre deja cuerpos fuera, y que volver a narrarla es también disputar el presente. La belleza castigada, la herejía, la huida, la desobediencia: lo que ayer fue condenado, hoy sigue incomodando.
Esa incomodidad se prolonga en los textos que exploran el deseo y los vínculos. Los otros amores y Música y deseo desmontan la idea de un amor único, ordenado y transparente. El deseo aparece como experiencia cultural y corporal, atravesada por la música, la memoria y la diferencia. Amar no siempre es armonía; a veces es disonancia. Pensarlo así implica aceptar que los afectos también son políticos.
Pero el núcleo más áspero del número se sitúa en el presente íntimo. La carpeta negra y Epifanía colocan la mirada en la violencia cotidiana, esa que ocurre dentro de la casa, en la infancia, en el aprendizaje forzado del silencio. No hay espectacularización del dolor: hay reconocimiento. Golpes, gritos, humillaciones, normalizados durante generaciones, aparecen aquí nombrados sin rodeos. La escritura no redime ni consuela; expone. Y al hacerlo, rompe la lógica de lo privado como excusa.
Esa violencia íntima dialoga con otras formas contemporáneas de deshumanización. El texto sobre tecnología y la supuesta “edad dorada” de la inteligencia artificial cuestiona la narrativa del progreso sin fisuras, mostrando un horizonte donde la eficiencia convive con el desempleo, la pérdida de sentido y el riesgo ético. Somos diferentes, desde la ficción, revela cómo el poder se organiza, se administra y se justifica en lo cotidiano, recordándonos que la crueldad también aprende a hablar bajo el lenguaje de la normalidad.
En conjunto, este número de La Plaza no busca ofrecer refugio ni respuestas rápidas. Propone algo más incómodo: detenerse a mirar, sostener la complejidad, aceptar que el presente es un cruce de historias, cuerpos, deseos y tensiones que no pueden simplificarse.
Leer —como escribir— sigue siendo un acto de conciencia.
Enero no es un comienzo limpio.
Es un punto de cruce.
Y La Plaza elige habitarlo.



