Las consejas populares nos han contado de su prodigiosa fuga marítima, desde una cárcel de la ciudad de Córdoba, la noche anterior a que se cumpliera la terrible sentencia de ser quemada viva en la hoguera. Estos hechos se desarrollaron en el país de México, y es necesario hacer la aclaración porque todos sabemos de las tres Córdobas que hay en el mundo: Córdoba España, Córdoba Argentina y Córdoba México. Lo que nadie ha contado hasta ahora es el sitio donde desembarcó esta enigmática mujer conocida universalmente como La Mulata de Córdoba.
Y he aquí que yo me enteré, sin querer queriendo, de cuál fue su destino. Comparto con ustedes la manera en que llegó a mí tan interesante información:
Estaba yo por culminar un viaje a través de la cuenca del Río Guadalquivir ése al que le cantó García Lorca: El río Guadalquivir/ va entre naranjos y olivos./ Los dos ríos de Granada/ bajan de la nieve al trigo.-
Al alcanzar Sanlúcar de Barrameda, un puerto en la margen izquierda de su desembocadura distinguí, yo que soy tan dado a hurgar en las zonas urbanas, un nombre de calle, casi ilegible, en un azulejo roto colocado en una esquina de la zona antigua de Sanlúcar: “Cæ de la mulata”. En seguida lo relacioné, sin saber por qué, con las fotos que una amiga, de visita en México, recién me había enviado de un bello cuadro pintado por un artista cordobés, Martín González Villalobos, titulado “La Mulata de Córdoba”.
La calle, desolada, me provocó el mismo sentimiento de soledad que me dan los días domingo. El único local abierto era una vinatería en cuya fachada, presa también del abandono y del tiempo, otros azulejos, también rotos, representaban racimos de uvas y barriles de tinto. Lograba verse media corona de un Dios Baco regordete y fofo apoltronado. Caminé hasta la entrada:
-¿Se sigue llamando ésta, calle de la mulata? Pregunté. Un hombre que frisaba
los setenta años atendía el local y ni siquiera volteó a verme.
Insistí: -Señor, ¿cómo se llama esta calle?
– Calle de la Constitución de Cádiz. Contestó de mala gana el viejo vinatero.
– ¿Y sabe usted porqué se llamó calle de la mulata?
El hombre tomó un respiro, jaló una silla por fuera del mostrador y comenzó a
hablar:
-Aquí vivió la mujer esa, la que llamaban La Mulata de Córdoba, la que querían quemar por bruja en las Américas pero se les escapó. Cuando menos, eso fue lo que pensaron quienes la conocieron. Allá, cuando mi madre se vino a vivir por estas tierras al casarse con mi padre, un marinero, conoció a una mulata muy hermosa que nunca nadie en este barrio miró envejecer jamás. Nací yo, crecí y ya era mayorcito cuando todavía la alcancé a ver, ésa fue la última vez que alguien supo de ella. Dicen que caminó hacia la bocana y se perdió en el mar. Nunca regresó.
El vinatero me miró, una luz iluminó su mirada brevemente, dio la media vuelta y se perdió tras de una red de pescar a guisa de cortina que separaba el mostrador de la trastienda.
Cuando regresé a mirar el azulejo con el nombre antiguo para tomar una fotografía, no pude dar con él. Caminé varias manzanas sin encontrarlo.
Se me ocurrió entonces ir a los Archivos de Indias que reposan en Sevilla, capital andaluza, ciudad fuertemente ligada al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición que fue el que sentenció a La Mulata de Córdoba. La historia registra que Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, solicitaron al papa Sixto IV una bula papal para la creación de este Tribunal de la Inquisición del Santo Oficio como dependencia directa de la Corona “para descubrir y acabar con todos los falsos conversos”.
La verdad oculta es que Tomás de Torquemada, confesor de Isabel de Castilla, fue quien propuso a los Reyes Católicos adoptar esa estrategia, que ya existía en Europa desde el Siglo XII, como una medida encubierta para paliar con la escasez de fondos del tesoro.
De esa manera Isabel y Fernando decomisaron, a todo el que se comprobara fuera hereje, sus bienes y propiedades. Lo malo fue que Torquemada, como suelen hacerlo quienes ostentan el poder, se excedió, y las acusaciones no fueron investigadas en la mayoría de los casos. Fue tal el éxito monetario de la Santa Inquisición, que pronto se extendió a la Nueva España.
En los Archivos de Indias que corresponden al Virreinato de la Nueva España, en el legajo No. 1570 inciso d, titulado “De la suerte de una mujer hermosa que fue tildada de bruja porque belleza así no era propia en la descendencia de negros traídos desde el África”, no encontré, como era de esperar, ningún dato sobre las razones por las que había sido sentenciada a morir quemada viva en la hoguera la bella mulata. Pareciera ser que fue su extraordinaria belleza lo que la condenó.
Regresé a Sanlúcar y esta vez me dirigí al Archivo de la Alcaldía. Pasé semanas hojeando las carpetas de la década de 1570. Un legajo cuidadosamente dispuesto dentro de una caja de madera, atado con una cinta roja, llamó mi atención. Un pequeño pergamino escrito con letra antigua contenía la siguiente anotación:
“Vecinos de Sanlúcar de Barrameda declaran
haber visto en su ciudad aparecer un bergantín de
la noche a la mañana sin que se le avistara de
lejos.
De él descendió una mujer sin duda perteneciente
a la casta de los mulatos, pues a la vista parece ser
descendiente de negro cruzado con español.
No se tienen noticias de tripulación alguna que
haya venido en el bergantín lo que sí se puede
asegurar es que éste hizo un viaje muy largo a
juzgar por el desgaste de las velas.
Los vecinos sospechan que se trate de un
encantamiento o de magia negra tan común entre
los descendientes de la raza negra.”
Regresé a buscar al vinatero. Estaba seguro que sabía algo más que callaba. Esa tarde nos bebimos un tonel entero de vino verde acompañado de un jamón de jabugo que llevé cargando desde el otro lado de Andalucía, carísimo pero sirvió. El vinatero fue desentrañando la historia:
-Fue mi madre, era mi madre y se fue, nunca la volví a ver. A Ella le encantaba viajar y ha de seguir haciéndolo.
Con ojos llorosos me mostró una carta que guardaba con mucho cuidado en una esquina del mostrador y que aquí transcribo:
“Cuando yo era pequeña quería viajar y sabía cómo hacerlo pero lo que no sabía era dibujar barcos con precisión. Un día, encontré un mapa en un viejo libro de oraciones. Un mapa que no entendí pero que tenía dibujados barcos que iban y venían en el mar que rodeaba lo que debía ser tierra. Ahí estaba la respuesta a mi incapacidad de
dibujarlos con exactitud. Coloqué el trozo de papel sobre el piso, mis pequeños pies cupieron en la figura de uno de los barcos, el que se me hizo más grande para mis propósitos. Con mi voz de cuatro años, dije: Córdoba. Yo quería ir a Córdoba, la del califato, aquí en España, pero la magia es la magia y fui a dar a otro sitio del mismo nombre, en la Nueva España. Así fue como inicié mi aventura en la ciudad de Córdoba México, en donde tuve una buena vida y me hubiera quedado muchos años más, hasta que estuve a punto de perecer quemada por el Santo Oficio. Me vi entonces en la necesidad de regresar a casa dibujando un barco en la pared de mi celda.”
Y he aquí que yo me enteré, sin querer queriendo, de porqué fue Andalucía su destino.
Sanlúcar de Barrameda, noviembre 2 de 1870,



