Soñar no es recordar: es traducir
El sueño ocurre sin esfuerzo. La escritura del sueño, no.
Entre ambos hay un umbral delicado: el instante en que una imagen borrosa, una emoción persistente o una escena inexplicable buscan fijarse en palabras antes de desaparecer.
Desde la psicología, sabemos que los sueños son una de las formas privilegiadas de expresión del inconsciente. No hablan en el idioma de la lógica ni del tiempo lineal, sino en imágenes, desplazamientos, condensaciones. Por eso, cuando despertamos, algo del sueño ya se ha perdido: no porque falle la memoria, sino porque el sueño pertenece a otro registro.
Escribirlo no es capturarlo del todo, pero sí traducirlo. Y toda traducción implica una decisión subjetiva: qué se nombra, qué se omite, qué se recuerda.
¿Por qué escribir los sueños?
En artículos anteriores de esta serie hemos visto que nombrar emociones ayuda a regularlas, que narrar experiencias permite integrarlas, que el sujeto se construye también en el lenguaje. Escribir los sueños se inscribe en esa misma lógica.
Cuando un sueño se escribe:
- deja de ser una experiencia aislada y se vuelve memoria simbólica;
- se transforma en un objeto con el que se puede dialogar;
- permite reconocer emociones que, durante el día, no encuentran lugar;
- abre una vía de contacto con procesos internos que aún no están claros.
El sueño olvidado insiste. El sueño escrito comienza a hablar.
El sueño como símbolo, no como adivinanza
Una de las trampas más comunes es querer “interpretar” el sueño de inmediato, como si fuera un mensaje cifrado con una única respuesta correcta. Desde la psicología profunda, esta idea resulta limitada.
El símbolo no es una clave fija: es una imagen viva, cargada de sentido personal, emocional y contextual.
Un mismo sueño puede significar cosas distintas en momentos distintos de la vida. Su valor no está en lo que “predice”, sino en lo que revela del presente.
Por eso, trabajar con sueños no consiste en acudir a diccionarios universales, sino en preguntarse:
- ¿qué emoción atraviesa este sueño?
- ¿qué imagen persiste al despertar?
- ¿qué parte de mí parece estar hablando aquí?
El símbolo no se explica: se rodea, se escucha, se deja resonar.
Escritura y autoconocimiento: cuando el inconsciente encuentra forma
La escritura de los sueños no busca belleza literaria ni coherencia narrativa. Su potencia está en permitir que el inconsciente encuentre forma sin censura.
Al escribir un sueño, el sujeto se convierte en testigo de su propia vida psíquica. No controla lo que aparece, pero sí puede elegir acompañarlo. En ese gesto hay algo profundamente transformador: la posibilidad de reconocer lo que pide integración.
Muchos procesos creativos nacen ahí. No es casual que escritores, artistas y pensadores hayan recurrido al material onírico como fuente. El sueño ofrece imágenes que la conciencia aún no sabe pensar, pero que la escritura puede hospedar.
Ejercicio para los lectores de La Plaza
No es un ejercicio terapéutico, sino una práctica de escucha.
Escribir un sueño
- Al despertar, escribe el sueño tal como lo recuerdes, sin corregir, ordenar ni explicar. Incluso si es fragmentario.
- Subraya tres elementos que te hayan impactado: una imagen, una emoción, un personaje, un lugar.
- Responde por escrito:
- ¿Qué emoción domina el sueño?
- ¿En qué momento de mi vida actual aparece esa emoción?
- Si este sueño fuera una carta, ¿qué estaría intentando decirme?
- Cierra el texto con esta frase:
“Hoy este sueño podría estar hablándome de…”
No busques conclusiones definitivas. Basta con escuchar.
Cierre: escribir para no olvidar lo que insiste
Escribir los sueños no es descifrarlos ni dominarlos. Es ofrecerles un espacio para existir en la conciencia sin ser anulados por la prisa del día.
Tal vez los sueños no nos lleven a otras vidas en un sentido literal. Pero sí nos conducen a otras capas de nosotros mismos, a zonas que piden ser vistas, comprendidas, integradas. En ese tránsito —íntimo y silencioso— el ser humano se reconoce como sujeto: alguien atravesado por imágenes, emociones y símbolos, capaz de narrarse incluso cuando no entiende todo lo que sueña.
Escribir un sueño es, en el fondo, un acto de cuidado.
Una forma de decirle a lo que insiste: te escucho.



