En este mes del amor, platiquemos de por qué hacer música es como hacer el amor.
¿Parece una premisa atrevida?
¡Qué bueno! Este artículo va por un gran camino.

Antes del unísono

En música existen lo que se conoce como voces: no necesariamente cantadas, sino líneas melódicas independientes. En ellas se da toda una presentación de personajes y de sus anhelos; al descubrirlos, como en el cine o en la narrativa, el espectador adivina que son tal para cual.

A partir de ahí se construye un diálogo, un contrapunto: la forma en que ambas voces se expresan y se dejan expresar, una acción que solo es posible en la obligada escucha del otro. El dueto perfecto se edifica en la manera en que las partes se entrelazan hasta formar una sola entidad sonora.

Como en el romanticismo más extremo, se alcanza ese unísono en el que ya no somos tú y yo, sino nosotros.

Agonía y éxtasis

Propongamos ahora reflexionar sobre los momentos de tensión y resolución. Qué historia tan apasionada: hilos tensores que arrojan a los personajes a un romance desenfrenado.

En música sucede algo muy similar. Ciertos acordes, ciertas armonías, provocan una tensión auditiva comparable al deseo mismo y una profunda satisfacción para el escucha cuando dicha tensión se resuelve, tal como ocurre con el amante al alcanzar el objeto del deseo.

Pero esta resolución es breve, tan fugaz como el instante en que se reúnen esos héroes románticos: la explosión de una supernova que ilumina a los futuros amantes de todas las épocas.

La pequeña muerte

Porque eso que existe en la narrativa —y en el orgasmo mismo— existe también en la música: el punto más alto, aquel que la o el compositor ha preparado cuidadosamente para un momento específico de la obra. El clímax.

El material musical presenta entonces una explosión satisfactoria: la melodía puede alcanzar su registro más agudo o desplegar una belleza excepcional; el ritmo o el pulso pueden acelerarse, o bien emplear recursos que intensifiquen la sensación de avance. Armónicamente, es posible que se trate del momento de mayor densidad, con tensiones acumuladas y resoluciones encadenadas; la textura misma puede volverse más espesa.

Se ha señalado acertadamente este impulso en la Chacona en mi menor de Dietrich Buxtehude, orquestada por Carlos Chávez, cuyo paralelismo se encuentra en la Santa Teresa en éxtasis de Gian Lorenzo Bernini.

Y no hay momento más dulce que el reposo posterior al extásis.
¿No es acaso idéntico a la petite mort?

Finale

Y así, cuando la música calla, comprendemos que nunca se trató del tema, sino de la forma que lo sostuvo: de ese entramado de tensiones, esperas y respiraciones compartidas donde el deseo aprendió a escucharse a sí mismo. Amar —como hacer música— es la maestría de organizar el tiempo para que el encuentro sea posible, aun sabiendo que será fugaz. Lo que permanece no es el sonido ni el cuerpo, sino la huella de haber vibrado juntos, aunque solo haya sido durante un compás.

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Óscar Manuel Rodríguez Ochoa, » Luy»
Mexico, 1966
Caricaturista, con 43 años de trayectoria profesional.

Sus caricaturas de publican en los cinco continentes del mundo mediante más de 1, 500 medios informativos tanto a través de más de 40 agencias internacionales como de forma particular y exclusiva.

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