El año no comienza cuando cambia el calendario, sino cuando algo en nosotros se desacomoda. Enero no es una página en blanco: es una hoja ya escrita a medias, con tachaduras, pliegues, intentos fallidos y frases que se resisten a desaparecer.
Este inicio de 2026 llega con preguntas más que con promesas. ¿Qué vale la pena sostener? ¿Qué conviene soltar, aunque aún funcione? ¿Hasta dónde confiar en lo que creemos infalible? Las páginas de La Plaza este mes no ofrecen brindis automáticos ni certezas de catálogo. Proponen, más bien, una pausa lúcida: mirar de frente el cuerpo, la memoria, el arte, la tecnología y los territorios invisibles de la mente para entender desde dónde estamos entrando al tiempo.
Aquí, el cuerpo habla incluso cuando guarda distancia; la seducción ocurre en el espacio que se respeta y no en el contacto que se impone. La memoria se recoge en migajas: no para idealizar el pasado, sino para reconocer qué seguimos alimentando. El cine nos recuerda que toda imagen es una resurrección; la poesía, que escribir sigue siendo una forma de escapar… o de volver. La tecnología promete alivio, pero también exige preguntas éticas: cuidar, asistir, reemplazar no es lo mismo que comprender. Y la historia —lejos de estar cerrada— sigue discutiéndose, avanzando a veces de lado, como en los cánones de Bach, porque no todo progreso es frontal.
En este número, la reflexión se adentra también en un territorio que rara vez se mira con calma: el inconsciente. Soñar, crear, recordar no son actos secundarios; son formas en que algo en nosotros intenta decir lo que la vigilia no alcanza a nombrar. Los sueños, las imágenes y los impulsos creativos aparecen como mensajes cifrados que no piden fe, sino atención. Escucharlos es una manera de asumirnos como sujetos: no dueños absolutos de nuestra historia, pero sí responsables de narrarla.
La literatura, como siempre, empuja la pregunta más lejos. La lectura de Ojos azules de Toni Morrison nos confronta con una herida que no es individual: el aprendizaje del auto-desprecio, la interiorización de una mirada que enseña a odiar el propio cuerpo, el origen, la diferencia. Morrison no escribe para tranquilizar, sino para obligarnos a ver el mecanismo que sostiene esa violencia silenciosa.
Y junto a estos ensayos y reflexiones, los cuentos de este número merecen una lectura atenta y sin prisa. No están aquí para ilustrar ideas, sino para abrir fisuras: mostrar lo que ocurre cuando confiamos demasiado en lo infalible, cuando la tecnología ocupa lugares afectivos, cuando la memoria se vuelve materia narrativa, cuando lo cotidiano se quiebra y deja ver algo más hondo. Leerlos es entrar en zonas de ambigüedad, incomodidad y reconocimiento; ahí donde la ficción no explica, pero revela.
Enero, entonces, no es un comienzo limpio. Es un umbral. Un mes para leer lo que suele pasar desapercibido: lo que el cuerpo calla, lo que la mente sueña, lo que la historia discute, lo que la literatura se atreve a decir sin garantías.
Que 2026 no nos pida certezas, sino atención.
Que no nos obligue a correr, sino a leer mejor los signos.
Que no nos exija ser nuevos, sino más honestos con lo que somos.
Bienvenidas y bienvenidos a La Plaza.
El año empieza aquí: en la lectura que nos mueve y nos incomoda.



