Bajo el sol que ilumina las carreteras del pequeño estado, los carteles proclaman con orgullo: “Tlaxcala, cuna de la nación”. La frase, repetida en placas oficiales y discursos públicos, no es una simple invitación turística, sino el estandarte de una identidad forjada en el fuego de la controversia. Durante siglos, los tlaxcaltecas han cargado con el peso de un epíteto infame: traidores. Su pecado histórico, según muchos, fue aliarse con Hernán Cortés y contribuir a la caída de Tenochtitlán. Pero ¿fue realmente traición lo que los movió?
La polémica resuena en libros, aulas y debates. Los defensores de Tlaxcala argumentan que antes de la Conquista, el territorio no era una nación unificada, sino un mosaico de señoríos enfrentados. La alianza con los españoles, entonces, no fue una puñalada a México, sino una estrategia de supervivencia contra el yugo mexica. Su aporte, sostienen, fue decisivo en cuatro aspectos: la victoria militar sobre los aztecas, la expansión de la conquista, la pacificación del norte durante la diáspora tlaxcalteca y el mestizaje, simbolizado en figuras como doña Luisa Xicotencatl, amante de Pedro de Alvarado, o Martín Cortés, el primer mestizo, nacido en suelo tlaxcalteca.
El estado se declara cuna no por azar, sino porque allí se selló el pacto entre dos mundos. En su tierra, los cuatro señoríos indígenas juraron lealtad a Cortés, se bautizaron en la primera iglesia de México y ayudaron a moldear el nuevo orden. Para Tlaxcala, su historia no es la de los vencidos, como escribió León Portilla, sino la de los aliados que negociaron su lugar en el mapa.
En 1941, la Academia de Historia emitió un fallo crucial: los tlaxcaltecas nunca fueron súbditos de los mexicas; su alianza con España fue un acto soberano, no una traición. El documento, firmado en Jalapa, exoneraba su nombre, pero el estigma persistió. El rencor hacia Moctezuma y su imperio, dicen las crónicas, quemó más que las promesas incumplidas de los españoles o la explotación colonial.
Hoy, esa identidad resiste. En los libros de texto locales, en los discursos de gobernadores como Alfonso Sánchez Anaya, que celebra el “orgullo de indómitos guerreros”, (“Tlaxcala, no sólo representa el orgullo de indómitos guerreros que lucharon por una república libre e independiente, que sobrevivió a la cruel e injustificada ambición de los mexicas, por lograr un imperio cada vez más fuerte … Nosotros llamamos a Tlaxcala la cuna del mestizaje, el encuentro de dos mundos, debido a la suma y síntesis de ambas culturas, que empezó con un semblante sangriento y concluyó con una alianza entre españoles y tlaxcaltecas, lo que dio lugar a un verdadero sincretismo cultural, del cual hoy nos sentimos orgullosos”)
Tlaxcala se pinta como un pueblo que luchó por su autonomía frente a mexicas, virreyes y republicanos. Su lema no es una casualidad, sino un manifiesto: aquí no hubo traición, sino el primer crisol donde se fundió el México mestizo.
La pregunta sigue en el aire: ¿Tlaxcala traicionó a México o lo ayudó a nacer? La respuesta, como su historia, está tallada en piedra y sangre. Y mientras el debate continúa, el estado insiste, con la terquedad de quien sabe que la memoria es un campo de batalla: Aquí empezó todo.
Fuente: Basado en: Identidad regional y fronteras étnicas: la historia de la conquista según los Tlaxcaltecas. Collin Harguindeguy, Laura



