En Drácula (1992), Francis Ford Coppola no solo adapta la célebre novela de Bram Stoker, sino que construye un ingenio visual que rinde homenaje a una forma artesanal de hacer el séptimo arte cuya inminente desaparición, con lucidez, profetizó.
Lejos de apoyarse en efectos digitales, el director optó por técnicas fotográficas tradicionales, ilusiones ópticas, maquetas, proyecciones y sobreimpresiones que evocan una época anterior a lo digital, cuando el cine era todavía un arte de sombras, trucos y materia.
En este contexto, una escena destaca como epítome del diálogo entre vampirismo y cine: la visita del conde Drácula al cinematógrafo, donde se rinde un emotivo homenaje al nacimiento del cine y a sus primeras formas de hechizo visual.

El conde como espectador
Cuando Drácula llega a Londres, esta escena fue grabada con una vieja cámara Pathé, propiedad de Coppola, considerada una de las primeras cámaras del cine mudo. La instrucción para el camarógrafo fue peculiar: tararea un vals mientras grabas a Gary Oldman, para vestir la imagen de ese ritmo caprichoso, ligeramente inestable, propio de las primeras filmaciones.
¿Qué inquietud podría tener un ser confinado durante centurias a su castillo? Acudir, fascinado, a una feria donde se presentaba lo que él llamó un gran invento. No es un gesto casual: el vampiro, criatura condenada a sobrevivir al tiempo, reconoce en esa máquina a otro ser inmortal.
La escena del cinematógrafo funciona como un archivo vivo —o un museo ambulante— del cine primigenio. Entre sus elementos distinguibles se encuentran:
La llegada del tren a la estación (1895) de los hermanos Lumière, una de las primeras películas de la historia. La imagen aparece en negativo, como si se tratara de una huella fantasmal, correspondiente al mundo del vampiro. Según Coppola, la sola presencia de Drácula alteraría cualquier regla física del entorno. Sirve este negativo, también, para homenajear los orígenes de la fotografía.
Cine de trucos y fantasía al estilo de Georges Méliès, proyectado en otra pantalla. El mago del cine no podía quedar fuera de este aquelarre visual.
Proyección de actualities o documentales: imágenes del Jubileo de Diamante de la reina Victoria (1897), filmadas por Robert W. Paul, que remiten al origen documental del cine.
Películas eróticas tempranas (falsas pero verosímiles): recreaciones de cortos tipo blue pictures o cinema polisson, las primeras manifestaciones del cine pornográfico, con todo su carácter provocador.
Sombras chinescas o teatro de sombras: representación de una batalla que remite tanto a las Cruzadas como al pasado guerrero de Drácula, y también del cine.
Fantasmagoría: proyecciones de fantasmas, esqueletos y metamorfosis realizadas con linterna mágica, visibles durante la huida de Mina.
Pepper’s Ghost: ilusión óptica teatral del siglo XIX utilizada para crear apariciones espectrales en escena.
Espacio de feria y espectáculos ambulantes: el cinematógrafo no aparece en una sala formal, sino como atracción itinerante, heredera también del circo y la magia.
Música en vivo: una mini orquesta con piano, tambor y triángulo acompaña las proyecciones. De hecho, se sabe que junto a las latas que contenían el celuloide viajaban también las partituras destinadas a ser interpretadas durante las funciones.

En este espacio, Mina —humana, mortal, testigo moderno— huye entre espectros proyectados, mientras Drácula permanece hipnotizado. Ella atraviesa el cine como quien cruza una pesadilla; él lo contempla como quien se mira en un espejo.
Cine y vampirismo
El cine mismo es una forma de vampirismo: es una manifestación de vida a partir de cuerpos que ya no existen, repite escenas una y otra vez, condenándolas a una eternidad luminosa. Cada proyección es una resurrección.
Coppola lo sabe, y por eso convierte su Drácula en un ejercicio de necromancia cinematográfica. Al evitar los efectos digitales y valerse de técnicas ópticas del siglo XIX, la película no solo revive al vampiro, sino también al cine como arte artesanal, tangible y físico. En lugar de avanzar hacia la modernidad, Coppola mira hacia atrás: resucita al monstruo y, con él, al cine primitivo.
Así, Drácula no es solo una historia de amor maldito ni una fábula gótica: es también un espejo oscuro donde el cine se contempla a sí mismo. Como el conde ante el cinematógrafo, nosotros también quedamos hipnotizados, sabiendo que lo que vemos —como en la fotografía astronómica— es la luz de estrellas que quizá desaparecieron hace años, pero que aún siguen brillando ante nuestros ojos.
Y, finalmente, nuestro propio reflejo.




